Hoy volví a la rodada en bici. Tenía tiempo que no me animaba a hacer una ruta larga debido a mi operación de columna. Pero hoy perdí el miedo y volví a gozar de la posibilidad de recorrer y poder apreciar las calles de mi ciudad como lienzos de signos que buscan inscribir sentidos, identidades y memorias y formas de usar el espacio público de la ciudad. No me canso de ver el cariño depositado en el lugar donde alguien murió. De recorrer Federalismo como un tremendo palimpsesto donde el camellón es apropiado como maizal, o descubrir que la escultura sincretismo es ya referente ceremonial de una espiritualidad híbrida, o ver un altar a la virgen de Guadalupe bien cuidadoso en medio del tráfico de automóviles.
Solo en bici puedes leer las inscripciones de diferentes denuncias y renovados activismos en los murales de sus bardas. puedes sorprenderte a reconocer la persistencia de la tradición de los tamales, el ponche y los buñuelos bañados en jarabe de guayaba que perduran en el puesto de la bisnieta de Doña Margarita, y ya ahí en el barrio del Santuario presenciar una procesión mariana y ver que las familias acostumbran llevar a los niños y niñas vestidos de blanco para presentarlos en el templo. Y para rematar reconocer la resilencia de los “colomitos lejanos ojitos de agua hermanos” de Atemajac (si los de la canción de Guadalajara Guadalajara) como un lugar secreto que solo se admira desde la banqueta, y al bajar encontrar que es el lugar de destino de un papá con sus pequeños hijos para ir a pescar. Gracias bici por ofrecerme la experiencia de escudriñar y descubrir las profundidades de mi ciudad.


























































